miércoles, 10 de octubre de 2007

8. LOS VALORES Y LAS BASES DE LA CONVIVENCIA

La convivencia es el conjunto de normas basadas en principios y valores que permiten a una comunidad crear formas de relación favorables al desarrollo humano de cada uno de sus miembros. El ser humano es gregario por naturaleza, se encuentra en una continua relación con otros seres humanos y con el medio natural. Somos concientes que desde nuestro nacimiento estamos en contacto con otras personas de las cuales recibimos apoyo y estimulo necesarios para el desarrollo posterior. La manera como se vivan los primero años de cada ser humano serán definitivos en su futuro Así mismo a través de su recorrido existencial, el hombre vive en un contexto determinado que es producto de las diversas concepciones de la vida creadas a través de la historia. El hombre es hombre en sociedad, allí encuentra las bases de su realización y trascendencia.

Cada época de la historia humana ha generado sus propias exigencias en torno a la convivencia, a lo que se requiere socialmente para vivir en una comunidad determinada. No obstante, hoy día las mismas condiciones de vida, impulsadas por los desarrollos científico – tecnológicos, imponen nuevos retos a la construcción de proyectos de convivencia que sean respetuosos de cada ser humano, pero al mismo tiempo promuevan una visión compartida de grupo, un proyecto humano común, que propenda por crear nuevas formas de relación con la naturaleza de la cual emergimos y a la cual se encuentra íntimamente unido en su destino común. De esta manera, el individualismo, la marginación y la profundización de las desigualdades, el afán de lucro, el consumismo exacerbado y el utilitarismo como forma de vida rompen las bases de la convivencia.

En este contexto, redefinir y fortalecer las bases de la convivencia como comunidad diversa e interdependiente con maneras diferentes de entender el mundo, supone en lo fundamental el reconocimiento de que somos seres de relación. Una vez comprendida esta dimensión del ser, los valores y principios adquieren su lugar en la compleja dinámica humana. Ahora bien, en primer lugar, tenemos la aceptación de si mismo y de quienes nos rodean es la base de la constitución de formas de convivencia que le den sentido y propósito. La aceptación de si mismo es quizás uno de los mayores retos que cada ser humano tiene. Lograr un adecuado autoconcepto, pensar bien de uno mismo, valorar sus virtudes o capacidades, asumir sus falencias o errores es parte del crecimiento como seres humanos imperfectos. Así mismo, la aceptación de los otros, de aquellas personas que nos rodean, con sus errores y virtudes implica encontrar puntos de encuentro desde los cuales se vivan las diferencias y se puedan formular y ejecutar proyectos de vida humanos en común.

En segundo lugar, la aceptación lleva implícito el conocimiento que se logra por medio de la comunicación. Para aceptar y conocer al otro, hay que comunicarse, hay que escuchar, demostrar interés en sus cosas, en sus proyectos, tratar de entenderlo para validar sus visiones del mundo y la manera como comprende la realidad. En el otro, no solamente hay otro ser humano, hay una concepción de la vida que nos puede ayudar a una mejor comprensión del mundo. De otra parte el conocimiento de si mismo es básico para la convivencia. Quien no se conoce, no sabe que puede ofrecer a la comunidad que le rodea, como tampoco tiene un proyecto de vida coherente en su praxis cotidiana.

En tercer lugar, para crear nuevos modelos de convivencia, es esencial y urgente el respeto. Reconocer la dignidad de las personas como seres humanos con anhelos, propósitos y una vida en si misma. Es una manera de reconocer el valor de otros seres humanos en su coherencia de vida, en la capacidad de admirar y apreciar esa manera de vivir. En conclusión, el respeto legitima la persona. Como valor, se redefine en cada época. Hoy el respeto se redefine en la coherencia que uno mismo logre en su vida, en sus esfuerzos, en sus fracasos, en la manera como los asume. En conclusión, el respeto es un reconocimiento al esfuerzo personal por hacer de la propia vida, una manera de vivir coherente entre el ser, saber y hacer en ese breve espacio de tiempo entre el nacer y el morir.

Finalmente la responsabilidad es a mi manera de ver, el culmen de la base de la convivencia. Puedo lograr un conocimiento profundo de mi mismo y de las personas con quien comparto la vida; puedo aceptarme a mi mismo y a quienes me rodean con todas las luces y sombras propias de nuestra condición humana; puedo legitimar lo humano en mi mismo y en quienes me rodean a través del respeto y la consideración a los caminos de la vida; pero si no logramos asumir la responsabilidad por nuestra propia vida y luego asumir la responsabilidad social que nos compete como ciudadanos, no hay convivencia posible. Desde la familia, pasando por la escuela, entendida como todo el sistema educativo, además de la vida en la ciudad, bien sea en la empresa o en las acciones que generan un producto social, se tiene la posibilidad de influir en decisiones colectivas que en muchos casos no podemos eludir, lo cual supone que hay que ser responsable en lo que se dice y se hace.